martes 4 de septiembre de 2007

Miércoles … MERCURIO


Se estaba bien allí, quiso pensar para reconfortarse. Aquel estaba siendo un invierno muy frío, mas de lo habitual. Y eso que allí estaban muy acostumbrados al frío, a pasar meses rodeados de nieve, pero este año la temperatura batía record.

Había pasado el momento de pánico inicial. Las piernas, aunque temblorosas, ya podían sostener su cuerpo. Podía tragar su propia saliva, aunque tenía la boca seca. Tenía sed.

Había sido una tontería no llevar la llave, pero quien podía imaginar que se cerraría de golpe, que la manecilla estuviera rota, que no se pudiera abrir desde dentro.

Qué estupidez abrir y volver a dejar la llave en su sitio, en el cajetín, al alcance de cualquiera que quisiera entrar en el cuarto de la caldera. Dichosa pasión por el orden que tantas alabanzas le había procurado siempre de todo el mundo. No valía la pena dar más vueltas. No había ningún respiradero, nada, solo el conducto por donde llenar de gasoil la maldita caldera que estaba en el cuarto anexo. Ese sí que era grande, claro que la vieja caldera era enorme. Calentaba a todos los vecinos del edifico. Miró el termómetro colgado en la pared. Estaba lleno de polvo, pensó con disgusto. La verdad es que hacía mucho calor, aunque al principio lo agradeció, ahora le resultaba un tanto excesivo.

¿Cuánto tiempo tendría que estar allí? Se tranquilizó pensando que había cerrado el piso con llave y esa sí, esa sí que la llevaba encima. Se sonrió, enseguida se le borró del rostro. Venían a cargar la caldera una vez al mes ¿Cuánto hacia que habían venido? ¿Cómo explicaría su presencia allí? Se intentó tranquilizar.

Realmente había sido una estupidez entrar a la sala de la caldera sola para comprobar si había algún acceso al depósito. Tendría que haber pensado en otra cosa.

Si su marido estuviera vivo la echaría de menos, la buscaría por todas partes. No soportaba no encontrarla en casa al volver del trabajo, no había un minuto en el que él no supiera donde estaba exactamente ella. Debía ser muy tarde, pensó, y saboreó por un instante la idea de estar donde no debía sin temer la reacción de su marido.

Se oyó un clic seguido de un ruido atronador. Se sobresaltó. La caldera se había puesto en marcha. Entonces deben ser las diez, pensó, justo a las diez, cada noche, durante los meses de invierno, se enciende la calefacción para todos los vecinos hasta las seis de la mañana.

El calor empezó a aumentar a un ritmo vertiginoso. Se acercó al termómetro. Se quedó embobada, mirándolo. El mercurio subía a un ritmo constante. Aquella habitación se había convertido en un horno.

En ese momento recordó. La pasada semana vinieron a reparar la calefacción de los vecinos del 3º B. Aprovecharon que venían a llenar el depósito. Tres semanas con ese calor. Volvió a sentir sed.

Seguía mirando el mercurio que se alzaba como una serpiente al ritmo de una flauta. Por primera vez en muchos años deseó que su marido la buscara, la encontrara. Pero eso no podía ocurrir. Estaba muerto. En el suelo del salón, con la cabeza abierta.

Ella no sabía que tenía tanta fuerza, ni que el bate de béisbol fuera tan duro. ¿Por qué no se tomó un café para pensar? Por primera vez, el tiempo era suyo y lo único que se le ocurrió fue bajar a comprobar si podía meter el cuerpo en la caldera para hacerlo desaparecer. Menuda estupidez, pensó sin dejar de mirar el lento y continuo ascenso del mercurio que, con amenazadora calma, anunciaba el fin.

Ahora sudaba a mares. Tenía mucha sed. Mareada por calor se dejó caer al suelo. Maldito mercurio balbuceó.

sábado 1 de septiembre de 2007

Martes... MARTE


David se desentumeció. Siempre le costaba reubicarse a la gravedad cero al despertar. Se desperezó. Estirarse sin gravedad es una experiencia única, un poco parecida a hacerlo en el agua, en un agua muy poco densa que te envuelve.

Pasadas las primeras horas, tras la descarga de adrenalina del lanzamiento, se sintió un poco cansado pero aún eufórico. Lo había conseguido, viajaba a Marte. Le maravilló la experiencia de sumergirse en el universo. Pensó en él mismo como algo pequeño, alejado de sus raíces, de sus semejantes, de su tierra, de la Tierra.

Al cabo de unos días la situación cambió. Debía recordarse continuamente que no estaba en la cámara de simulación sino realmente en el espacio. Dicen que la realidad supera la ficción, pero, una vez pasado el estímulo inicial de la espera, de lo nuevo, David tuvo que reconocerse a sí mismo que no era éste el caso. No había diferencia alguna entre la cámara ingrávida construida en los Urales y esta nave que surcaba el vació hacia Marte. La única diferencia, pensó, es que esto es terriblemente aburrido. Es como si, por despiste, los empleados de la S.E.U.N. se hubieran ido de vacaciones olvidándole a él en la Pecera y sin activar los mandos manuales del simulador de vuelo. La Pecera es como llaman los empleados a la cámara de simulación.

Llevaba nueve días allí, encerrado, sin más que hacer que tareas rutinarias de revisión y medición. Comía una insípida pasta a la que llamaban puré y que pretendía ser comida en lugar de un conglomerado de vitaminas, proteínas y calorías sintéticas con un ligero sabor mentolado. El único líquido que bebía era agua. Procuraba beber lo indispensable ya que sabía que los fluidos que expulsaba su cuerpo se reciclarían en su propio traje convirtiéndose en líquido para ingerir. Nunca fue especialmente escrupuloso, pero tampoco le entusiasmaba la idea de tomarse un cóctel de su propia orina, por muy transformada que estuviese.

El paisaje que podía observar desde las diferentes ventanillas apenas variaba. Al principio observaba con gran excitación, con profunda emoción. Ahora debía reconocer que era mucho más estimulante el programa informático que utilizaban en las prácticas y que les permitía acelerar o decelerar el viaje a su voluntad, cambiando el paisaje cuando y como querían.

Todavía quedaban 27 días de viaje. El hastío hizo presa de él. Es inherente a la condición humana desear dar un paso más allá para, inmediatamente, sentir la imperiosa necesidad de seguir avanzando. La constante búsqueda, la inconformidad, el deseo no saciado, que nos ha permitido evolucionar y, al tiempo, nos dificulta la felicidad, el disfrute sereno de nuestros logros.

David se volvió a desperezar. Eso era lo que sentía al fin y al cabo. Solo nueve días y, de nuevo, esa sensación. Hastío.

viernes 24 de agosto de 2007

Lunes…LUNA


Luna, luna, luna…

Dice tres veces el nombre, en voz muy baja. En ciertos momentos hay que decir buenas palabras, para que te ayuden. Es mejor repetirlas tres veces, es entonces cuando ejercen realmente su magia.

Luna es una buena palabra. Hay que evitar otras como serp… Se tapa la boca con las manos para evitar pronunciarla, no debería ni tan siquiera pensarla.

Mira de nuevo la luna, de reojo, mientras sigue su camino. La luna es como ella, como todas las mujeres. Incluso su ciclo es coincidente. Llena anuncia fertilidad, plenitud. Nueva, el descanso necesario ante la nueva regeneración.

La luna controla las mareas que traen consigo nacimientos y abrevian agonías. Es vehículo de vida y de muerte, como ella, como todas las mujeres.
Variable, influye en sus cambios a los demás. Plena es peligrosa, fértil, potente, trastorna mentes y percepciones, modifica estados de ánimo. Hoy es así, un faro, amigo, peligroso, distante.

Ella está perdida, andando entre sombras. No ve el camino con claridad. Tropieza una y otra vez con esas malditas ramas. Agudiza los sentidos. Escucha el viento que mece las hojas. Huele la tierra húmeda que parece querer atrapar sus pies desnudos.

El camino es largo, sería mucho más sencillo parar, descansar en una piedra, dormitar entre la hojarasca. Pero sabe que debe continuar. Ha iniciado ese camino y no quiere parar, no debe desandar.

Atenta y cautelosa vigila, desconfía. Cansada y presurosa intenta adecuar el ritmo, progresar sin desfallecer. Todo se le antoja muy difícil.

No está dispuesta a rendirse. Respira hondo, alza la cabeza y mira fijamente al cielo.

Ahora en voz muy alta, sí se atreve a decir: Luna, luna, luna.