
Se estaba bien allí, quiso pensar para reconfortarse. Aquel estaba siendo un invierno muy frío, mas de lo habitual. Y eso que allí estaban muy acostumbrados al frío, a pasar meses rodeados de nieve, pero este año la temperatura batía record.
Había pasado el momento de pánico inicial. Las piernas, aunque temblorosas, ya podían sostener su cuerpo. Podía tragar su propia saliva, aunque tenía la boca seca. Tenía sed.
Había sido una tontería no llevar la llave, pero quien podía imaginar que se cerraría de golpe, que la manecilla estuviera rota, que no se pudiera abrir desde dentro.
Qué estupidez abrir y volver a dejar la llave en su sitio, en el cajetín, al alcance de cualquiera que quisiera entrar en el cuarto de la caldera. Dichosa pasión por el orden que tantas alabanzas le había procurado siempre de todo el mundo. No valía la pena dar más vueltas. No había ningún respiradero, nada, solo el conducto por donde llenar de gasoil la maldita caldera que estaba en el cuarto anexo. Ese sí que era grande, claro que la vieja caldera era enorme. Calentaba a todos los vecinos del edifico. Miró el termómetro colgado en la pared. Estaba lleno de polvo, pensó con disgusto. La verdad es que hacía mucho calor, aunque al principio lo agradeció, ahora le resultaba un tanto excesivo.
¿Cuánto tiempo tendría que estar allí? Se tranquilizó pensando que había cerrado el piso con llave y esa sí, esa sí que la llevaba encima. Se sonrió, enseguida se le borró del rostro. Venían a cargar la caldera una vez al mes ¿Cuánto hacia que habían venido? ¿Cómo explicaría su presencia allí? Se intentó tranquilizar.
Realmente había sido una estupidez entrar a la sala de la caldera sola para comprobar si había algún acceso al depósito. Tendría que haber pensado en otra cosa.
Si su marido estuviera vivo la echaría de menos, la buscaría por todas partes. No soportaba no encontrarla en casa al volver del trabajo, no había un minuto en el que él no supiera donde estaba exactamente ella. Debía ser muy tarde, pensó, y saboreó por un instante la idea de estar donde no debía sin temer la reacción de su marido.
Se oyó un clic seguido de un ruido atronador. Se sobresaltó. La caldera se había puesto en marcha. Entonces deben ser las diez, pensó, justo a las diez, cada noche, durante los meses de invierno, se enciende la calefacción para todos los vecinos hasta las seis de la mañana.
El calor empezó a aumentar a un ritmo vertiginoso. Se acercó al termómetro. Se quedó embobada, mirándolo. El mercurio subía a un ritmo constante. Aquella habitación se había convertido en un horno.
En ese momento recordó. La pasada semana vinieron a reparar la calefacción de los vecinos del 3º B. Aprovecharon que venían a llenar el depósito. Tres semanas con ese calor. Volvió a sentir sed.
Seguía mirando el mercurio que se alzaba como una serpiente al ritmo de una flauta. Por primera vez en muchos años deseó que su marido la buscara, la encontrara. Pero eso no podía ocurrir. Estaba muerto. En el suelo del salón, con la cabeza abierta.
Ella no sabía que tenía tanta fuerza, ni que el bate de béisbol fuera tan duro. ¿Por qué no se tomó un café para pensar? Por primera vez, el tiempo era suyo y lo único que se le ocurrió fue bajar a comprobar si podía meter el cuerpo en la caldera para hacerlo desaparecer. Menuda estupidez, pensó sin dejar de mirar el lento y continuo ascenso del mercurio que, con amenazadora calma, anunciaba el fin.
Ahora sudaba a mares. Tenía mucha sed. Mareada por calor se dejó caer al suelo. Maldito mercurio balbuceó.
Había pasado el momento de pánico inicial. Las piernas, aunque temblorosas, ya podían sostener su cuerpo. Podía tragar su propia saliva, aunque tenía la boca seca. Tenía sed.
Había sido una tontería no llevar la llave, pero quien podía imaginar que se cerraría de golpe, que la manecilla estuviera rota, que no se pudiera abrir desde dentro.
Qué estupidez abrir y volver a dejar la llave en su sitio, en el cajetín, al alcance de cualquiera que quisiera entrar en el cuarto de la caldera. Dichosa pasión por el orden que tantas alabanzas le había procurado siempre de todo el mundo. No valía la pena dar más vueltas. No había ningún respiradero, nada, solo el conducto por donde llenar de gasoil la maldita caldera que estaba en el cuarto anexo. Ese sí que era grande, claro que la vieja caldera era enorme. Calentaba a todos los vecinos del edifico. Miró el termómetro colgado en la pared. Estaba lleno de polvo, pensó con disgusto. La verdad es que hacía mucho calor, aunque al principio lo agradeció, ahora le resultaba un tanto excesivo.
¿Cuánto tiempo tendría que estar allí? Se tranquilizó pensando que había cerrado el piso con llave y esa sí, esa sí que la llevaba encima. Se sonrió, enseguida se le borró del rostro. Venían a cargar la caldera una vez al mes ¿Cuánto hacia que habían venido? ¿Cómo explicaría su presencia allí? Se intentó tranquilizar.
Realmente había sido una estupidez entrar a la sala de la caldera sola para comprobar si había algún acceso al depósito. Tendría que haber pensado en otra cosa.
Si su marido estuviera vivo la echaría de menos, la buscaría por todas partes. No soportaba no encontrarla en casa al volver del trabajo, no había un minuto en el que él no supiera donde estaba exactamente ella. Debía ser muy tarde, pensó, y saboreó por un instante la idea de estar donde no debía sin temer la reacción de su marido.
Se oyó un clic seguido de un ruido atronador. Se sobresaltó. La caldera se había puesto en marcha. Entonces deben ser las diez, pensó, justo a las diez, cada noche, durante los meses de invierno, se enciende la calefacción para todos los vecinos hasta las seis de la mañana.
El calor empezó a aumentar a un ritmo vertiginoso. Se acercó al termómetro. Se quedó embobada, mirándolo. El mercurio subía a un ritmo constante. Aquella habitación se había convertido en un horno.
En ese momento recordó. La pasada semana vinieron a reparar la calefacción de los vecinos del 3º B. Aprovecharon que venían a llenar el depósito. Tres semanas con ese calor. Volvió a sentir sed.
Seguía mirando el mercurio que se alzaba como una serpiente al ritmo de una flauta. Por primera vez en muchos años deseó que su marido la buscara, la encontrara. Pero eso no podía ocurrir. Estaba muerto. En el suelo del salón, con la cabeza abierta.
Ella no sabía que tenía tanta fuerza, ni que el bate de béisbol fuera tan duro. ¿Por qué no se tomó un café para pensar? Por primera vez, el tiempo era suyo y lo único que se le ocurrió fue bajar a comprobar si podía meter el cuerpo en la caldera para hacerlo desaparecer. Menuda estupidez, pensó sin dejar de mirar el lento y continuo ascenso del mercurio que, con amenazadora calma, anunciaba el fin.
Ahora sudaba a mares. Tenía mucha sed. Mareada por calor se dejó caer al suelo. Maldito mercurio balbuceó.

